¿Alguna vez habéis oído hablar de la inteligencia emocional? La inteligencia emocional consiste en identificar, comprender y gestionar nuestras propias emociones. Es decir, primero tenemos que conocerlas, una vez las conocemos es importante comprender por qué se producen, y cuando ya las conocemos y comprendemos, es más fácil gestionarlas. Una buena gestión emocional nos ayuda a sobrellevar mejor los problemas del día a día.
¿Qué es una emoción?
Las reacciones emocionales son comunes en todos los animales. Si tenéis mascotas, seguro que podéis detectar sus reacciones emocionales. Son instintivas, automáticas y se producen a partir de un estímulo de nuestro entorno. Hay algo muy importante a tener en cuenta: las emociones no son, en sí mismas, positivas ni negativas, no son malas ni buenas, simplemente son. Todas son útiles y adaptativas, es decir, nos permiten adaptarnos mentalmente, y a veces incluso físicamente, a los cambios o situaciones que nos ocurren.
Cuando hablamos de emociones es importante tener en cuenta estos tres pasos: identificarlas, comprenderlas y gestionarlas. Para llegar a una buena gestión de nuestras emocionas, primero hay que conocerlas bien y entender por qué nos suceden. ¡Vamos a ello!
¿Cuáles son las emociones básicas?
Hay seis emociones básicas: sorpresa, alegría, tristeza, miedo, asco e ira.
- La sorpresa es una emoción de tránsito, es decir, nos detiene por un segundo y permite que nuestro cerebro se adapte a la situación nueva que acaba de encontrarse. Hace de puente entre nuestro estado normal, y la siguiente emoción, y se produce cuando la situación es tan impactante que necesitamos un momento para procesarla. La sorpresa es una emoción de corta duración, básicamente nos ayuda a poder entrar poco a poco en las otras cinco. Por ejemplo, si de repente nos dicen “te ha tocado la lotería”, nuestra primera reacción será de sorpresa (como solemos decir coloquialmente, “me he quedado en shock”). Luego, pasaríamos a la alegría. Si por el contrario, lo que nos dicen es “han atropellado a tu perro”, nuestra primera reacción probablemente también sea sorpresa, y una vez procesado el impacto inicial, sentiremos tristeza y/o enfado.
- La alegría es la emoción que surge cuando percibimos una ganancia, cuando nos sucede algo que interpretamos como positivo. Nos ayuda a buscar situaciones placenteras y beneficiosas para nosotros, nuestro cuerpo se siente bien y la emoción de la alegría nos conduce a querer repetir eso que nos ha hecho sentir bien, a buscar sensaciones felices.
- La tristeza, en cambio, surge ante las pérdidas. Cuando sentimos que hemos perdido algo, sea material o metafóricamente, nos ponemos tristes. La tristeza es muy útil, porque nos permite adaptarnos a la situación que está por llegar, que no es la deseada pero es la que nos toca vivir. Por así decirlo, nos pone un poco “en standby”, para poder utilizar las energías que estamos reservando para afrontar situaciones nuevas. Además, la tristeza es muy buena en seres sociales como nosotros, los seres humanos, porque nos permite buscar apoyos, “hacernos querer” por así decirlo. Cuando estamos tristes, buscamos consuelo en los demás, y eso nos une y nos permite ser ayudados, ya que no todo podemos afrontarlo solos en la vida y, a veces, esa búsqueda de apoyos mediante la tristeza hace que contemos con los demás.
- El miedo, por su parte, es una de las reacciones más primitivas e instintivas. Se encarga de garantizar nuestra supervivencia. Si no sintiéramos miedo ante ciertas situaciones, nuestra supervivencia se vería comprometida, no solo vital (es decir, no se refiere solo a que nos vayamos a morir), sino, por ejemplo, psicológica. El miedo nos hace cautos y prudentes, nos impide cometer negligencias o actuar de manera que podamos hacernos daño o hacérselo a los demás. El miedo es lo que te hace tomar una decisión rápida si te encontraras, por ejemplo, un león en tu cocina. Seguramente saldrías corriendo, llamarías a emergencias o intentarías hacer algo, lo que fuera, por sobrevivir. Si no fuera por el miedo, los animales probablemente nos habríamos extinguido.
- El asco es una emoción que guarda similitudes con el miedo. También se encarga de protegernos. Por ejemplo, si fuéramos animales, nos prevendría de comernos cosas no comestibles por el bosque o que son venenosas. ¿No te ha pasado nunca que, después de que te sentara mal una comida, le has cogido muchísimo asco? Eso es porque un mecanismo dentro de ti te está diciendo “cuidado, veneno”. No nos pasa solo con la comida, sino con otras cosas o animales, por ejemplo los insectos. Cuando un animal nos da asco, probablemente algo dentro de nosotros nos esté advirtiendo de que nos podemos enfermar si no lo tratamos con cautela.
- Por último está la ira. La ira es una emoción muy útil, porque se encarga de que las cosas sean justas. Cuando percibimos que se está cometiendo una injusticia, nos enfadamos. Ese enfado nos lleva a generar cambios, a hacer cosas con respecto a lo que está ocurriendo para modificar esa situación que nos parece injusta y nos indigna. De no ser por el enfado, probablemente mis derechos se verían pisados continuamente. Una buena dosis de enfado es muy buena para reafirmarme como persona, para mantener mis derechos y mi autoestima y para establecer mis propios límites.
Por lo tanto y como hemos visto, nuestras emociones cumplen una función muy importante. Es esencial que sintamos sorpresa, alegría, tristeza, miedo, asco e ira en determinados momentos de nuestra vida, y sobre todo es fundamental saber usarlas correctamente, ni por defecto ni por exceso. ¡Todas nuestras emociones son útiles si sabemos gestionarlas bien!
Beatriz García Núñez. Psicóloga Sanitaria.
Alumna del Máster de Psicología General Sanitaria en Calmia Psicólogos.
